sábado, 6 de septiembre de 2014

Sobre los amantes (o por qué engañamos a quien juramos jamás hacerlo)

El jueves pasado tuve la oportunidad de pasar la tarde con mis amigas de la universidad en una conocida "taberna irlandesa" en la avenida Juárez de mi ciudad, donde tuvimos una plática amena, acompañadas de unos ricos tarros de cervezas frías. Entonces llegó la parte en la que me preguntan por aquél amigo mutuo, no precisamente compañero nuestro, pero que se desenvuelve en el ambiente universitario, quien, según ellas, (y digo en serio el "según ellas") "me tira los perros". ¿Qué problema? Tiene novia, una de más de dos años y que, hace algunos meses, tenía fuertes sospechas de estar embarazada. "-Es un perro contigo, si no te das cuenta estás medio tota-", concluyó Karen cuando le conté algunas experiencias con él, pero particularmente aquella en la que se desvivió por hacerme saber que había terminado su relación con ella previo a un viaje a la parte sur del continente, y tiempo después, Karen se "enteró" que seguían en una relación. Pensé, entonces, en lo que Pilar me dijo una vez de mi relación con el susodicho: "entiende algo, él te quiere, eso se nota, pero él ya tiene una edad considerable, tiene un buen puesto, y una novia que toda su sociedad conoce... es difícil que él cambie su status quo por lo que siente por ti." De camino a casa, en el autobús, mis pensamientos iban, no tanto a él en particular y por qué hace lo que hace, sino a todos los hombres y mujeres que están ahí afuera junto a alguien que en realidad no quieren, pero que, por el "qué dirán" siguen en esa relación. Y, a pesar que muchos de ustedes me digan que no, les pido que piensen un poco en su actual relación, o en por qué tardaron tanto en dejar al novio (a) que ya toda la familia conocía. No solo una mujer sucumbe ante a presión social. Los hombres también. No por nada, en vez de tener "ex" esposas o "ex" novias, tienen una mujer, ante la sociedad, y más allá, oculta de los demás, una mujer que los hace felices. Son construcciones sociales que preocupan por igual a todos los sexos, y déjenme decirles, que cuando rompes esos constructos, tu vida adquiere una nueva forma de verse, una que nos hace más plenos. Si no, les contaré de uno de mis amigos cercanos: 50 años, 4 ex esposas y dos hijos; viajes por la mitad del mundo conocido y una mujer en cada puerto. Él es el hombre más feliz y atractivo que conozco. ¿Y mi conclusión? Es ridículo. Si, para mi, es ridículo el temer salir de tu zona de confort por algo que en realidad te hace feliz. Y no, no solo lo digo por ser yo uno de esos objetos de discordia, lo digo porque gente cercana, muy cercana a mi, me ha demostrado que la vida es corta, pasajera, y si no nos concentramos solo en hacer feliz a una persona (a nosotros), entonces estamos perdidos. Hace un año, una amiga polaca me dijo: "cariño, la vida solo es una y es tuya, que no te importe lo que digan los demás". En cualquier otra persona ésta frase suena vacía, pero en Magda tuvo un efecto único, en ese momento, esas absurdas palabras de motivación que te dice cualquiera, adquirieron sentido. En su libro "Move Up" Andrés Roemer y Clotaire Rapaille explican, con un ejemplo similar al mío, porque engañamos a quienes "queremos". Aunque la finalidad del libro no es la de explicar las relaciones humanas sino entender por qué algunas sociedades se desarrollan mejor que otras, en su primer capítulo hablan de un "chisme" donde los protagonistas son Megan Y Richard, una hermosa pareja de enamorados que al final sucumbe ante el engaño de ella a pesar de ser "el amor de la vida" uno del otro. La conclusión de éste relato no es otra mas que "somos animales y las construcciones sociales son las que nos hacen "mentir"". "Somos sorprendentemente irracionales cuando se trata de hacer trampa e intrigar" dice textualmente el libro. De todas las construcciones sociales, el "deber ser" para la vida de una persona me parece la más cruel. No se puede obligar a alguien a ser algo que no quiere, a trabajar en algo que no le llena, ni a seguir junto a alguien que ya no lo hace feliz. Yo no creo que una relación sea pérdida de tiempo, todas, por más ínfimas que sean te enseñan algo; pero, como me dijo Raquel en alguna ocasión, "es más cruel estar junto a alguien pensando en otra persona". Tu no eres feliz y, por consiguiente, ya no haces feliz tampoco a esa persona que está a tu lado. Como lo dije antes, ésta vida es una, y es muy corta. Tanto como para estar temiendo en probar eso que te hace feliz. Si lo quieres, te hace feliz y no causa daños graves, hazlo. Ojo, un corazón roto no es un daño grave, ese corazón roto ni siquiera deberá existir, porque recuerden que estar junto a alguien no es para sentirnos completos, sino para compartir nuestro todo con alguien más.

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